martes, 3 de mayo de 2011

Ahora que la muerte rondó a Sarita Pacheco

Amargo es perder a un amigo,
o desde una esquina en la noche
mirar alejarse a la mujer que nos deja.
Pero se tolera bien,  se soporta.

Es horrible, es ávido sin remedio
el terror que asalta de repente
los huesos, congela nuestras entrañas,
cuando nos ocupa el pensamiento
de que han de morir, antes que nosotros,
aquellos que más hemos querido.

Sus gestos, sus dulces ademanes,
la ternura suya, se van guardando
en alguna parte en que no hay olvido;
una vez saldrán fatalmente,
vueltos ya gemidos mansos, heridas,
angustioso nudo que se desata
y que al desatarse nos anuda:
nos despierta inválidos para siempre
llenos del amor que no dimos.

Cuidadosamente, sin darnos cuenta,
preparamos lágrimas a diario;
las acumulamos, las escondemos
en algún aljibe secretísimo,
para cuando llegue la hora del lloro
y el crujir de dientes, ante una sorda
presencia, en los bordes de un agujero.

Cómo nos invade la sangre el ansia,
el anticipado remordimiento,
la estéril dureza de no haber dado
lo que era preciso que diéramos,
y que era tan poco: acaso
un silencio tímido que comprende,
un trozo de pan compartido.

Algo lo bastante grande
para edificar una dicha,
y a la vez tan mínimo, tan desnudo,
que nada permita esperar a cambio.

RUBEN BONIFAZ NUÑO (DE OTRO MODO LO MISMO, FCE, reimpresión 1996)

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